Mis labios se querían dormir en La Puerta de Ronda pero no pudieron. Los hilos de bronce profundo acuchillaban el cielo de la noche, dejando una estrella en cada agujero. Andaban las guitarras soliviantadas. Hermanado con el aroma de las callejas llenas de claveles, rodeado de sombre y sal, respondí a la llamada de mi sangre andaluza.
Con la voluntad de mantener el viejo sabor, hasta aquí llego con estas cuatro propuestas. Por ellas sangro, por ellas sano. Lloro y río.

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